Tuesday, May 11, 2010

La Importancia de las Palabras---Parte 4


Por Tom Waters

Se nos dice que, “nuestras palabras indican el estado de nuestro corazón y ya sea que los hombres hablan mucho o poco, sus palabras expresan el carácter de sus pensamientos. El carácter de un hombre puede ser correctamente estimado por la naturaleza de su conversación.” The Youth's Instructor, 13 de junio de 1895. ¿Qué dirían nuestras esposas, nuestros hijos, nuestros amigos y asociados sobre el “índice” de nuestro corazón, si este fuera evaluado sólo por nuestras palabras?
¿Cuántas veces nos hemos encontrado en una situación en la que puede ser que estemos con una o más personas, y alguien hace comentarios ridículos e insensatos, algo que no diríamos, pero nos dejamos llevar por la ligereza o la risa para evitar la incomodidad de parecer extraño o extremista? Cuando se habla de alguien que no está presente en la conversación, ¿descubrimos que es fácil seguir a los otros en el chisme, y nos encontramos expresando cosas que no diríamos si la otra persona de quién se está hablando estuviera presente? ¿O en lugar de entrar en el chisme o la crítica, demostramos el poder del Evangelio mediante un silencio apropiado o al hablar una “palabra a tiempo?” Nuestras palabras pueden cambiar el curso de la conversación o colocar a la persona de la que se está hablando en un aspecto más favorable, como apreciaríamos que se hiciera con nosotros si estuviéramos ausentes mientras se hablan de nosotros.
Amigos, se requiere de tanta gracia para no envolvernos en participar en la risa junto con los insensatos, para escoger hablar positivamente cuando otros están chismeando, tanto como para resistir la tentación de hablar de una manera áspera e irritada a nuestra esposa cuando estamos bajo presión. Sólo porque es más aceptable socialmente reírse de las tonterías y el involucrarnos en el chisme, ¿significa esta aceptación que hay menos del yo que necesita morir?, o ¿esto es algo menos que negar nuestra conexión con un Salvador viviente? Se nos dice que: “Los hombres pueden negar a Cristo calumniando, hablando insensatamente y profiriendo palabras falsas o hirientes.” El Deseado de Todas las Gentes, pág. 324.

¿Significa esto que debemos andar por ahí con una cara sobria y austera, y con una vida desprovista de alegría? Considere estas palabras de balance del Camino a Cristo, pág. 121: “Reprimirán la liviandad; entre ellos no habrá júbilo tumultuoso ni bromas groseras; pues la religión del Señor Jesús da paz como un río. No extingue la luz del gozo, no impide la jovialidad ni obscurece el rostro alegre y sonriente.” Pienso que estas palabras son claras y alentadoras y si somos honestos con nosotros mismos, ya sabemos las diferencias que están siendo discutidas.
Hay tantas áreas que podrían ser consideradas en este artículo, pero al finalizar me gustaría que consideráramos la pregunta: “¿Se puede confiar en nuestras palabras?” Podemos tener la tendencia a decir rápidamente: “Sí, se puede confiar en mis palabras.” Pero una simple ilustración puede hacer que reexaminemos la pregunta.
Un hombre y su hijo se detuvieron en mi casa un día para discutir algunas cosas con nosotros. Durante el curso de nuestra conversación, el hijo del hombre estaba pasándole la mano a la pared, y su padre le pidió que parara, lo cual aprecié. El muchacho paró momentáneamente, pero empezó otra vez. Entonces, el padre repitió su petición de que el hijo parara y pronto éste lo estaba haciendo de nuevo, pasando su mano sobre la pared. Esta clase de intercambio entre el padre y el hijo tuvo lugar varias veces, sin un cambio en la conducta. No creo que el padre estuviera consciente de la importancia de sus palabras. Pero, ¿qué tan importantes eran ellas para su hijo? ¿Estaba el niño aprendiendo a confiar en las palabras de su padre? Ciertamente, no en una forma positiva.

El muchacho estaba probando a su padre para ver si realmente intentaba hacer lo que decía. Pero en este caso no hubo ninguna restricción o corrección, por lo que el muchacho concluyó que las palabras de su padre no eran importantes. Hubiera sido mejor que el padre no hubiera dicho nada en lugar de hablar y permitir al niño que continuara. Amigos, si somos honestos ¿no nos hemos encontrado nosotros mismos haciendo cosas similares con nuestros hijos? Podemos estar absortos en la conversación o pensar que estamos siendo cariñosos y condescendientes al no llevar a cabo nuestras palabras. Pero muchos de nosotros también hemos visto los tristes resultados de una paciencia que le permite a los niños ser desobedientes e irrespetuosos.
Desafortunadamente, muchos de nosotros hemos visto las consecuencias, en los niños que alborotan, se quejan, pelean, entablan negociaciones con los padres y generalmente se sienten miserables generalmente cuando el yo es contradecido o aún probado un poco. ¿Podían los hijos de Elí confiar en sus palabras? No. A menudo, él les reprochaba—como el padre de la ilustración, quien dijo: “Para de pasarle tu mano a la pared.” Pero falló en restringirlo o en corregirlo fiel y consistentemente o en darle su merecido. Finalmente, Dios tuvo que tomar la disciplina de Elí y de sus hijos en sus propias manos.
Amigos, la triste realidad para nuestros hijos es que cuando aprenden a desconfiar de lo que decimos, van consciente o inconscientemente a aprender a desconfiar de las palabras de Dios. Cuando la mamá o el papá dicen: “No” o “No lo hagas,” el niño prueba para ver si puede confiar en las palabras de sus padres, y si no hay ninguna consecuencia, restricción o corrección, entonces, naturalmente, el niño va a transferir, de una manera carnal, esa desconfianza y negligencia para cuando el Señor diga: “No lo hagas.” ¿Y qué acerca de nuestras palabras y conversación con otros en el mundo o en la iglesia, que nos oyen hacer una elevada profesión del poder salvador del Evangelio? ¿Van a ser ellos también dirigidos a ignorar la Palabra de Dios porque nuestra influencia no les ha mostrado ninguna diferencia entre el que cree y el que no cree?
¿Se puede confiar en nuestras palabras? Cuando prometemos tomar tiempo para comunicarnos con nuestra esposa y tiempo para recrearnos con nuestra familia, cuando otros confían en nosotros en que llegaremos a tiempo, ¿se puede confiar en nuestras palabras?
Sólo hemos considerado unas pocas áreas que envuelven la importancia de nuestras palabras, pero, ¿no se está haciendo más clara la razón por la cual Jesús podía decir: “Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado”? Mateo 12:37. Al reconocer que: “Nuestras palabras indican el estado de nuestro corazón,” podemos ser dirigidos a cooperar con Cristo — “el Poder del Evangelio”—para que los “manantiales” sean “purificados” para que la “fuente pueda ser pura”. No nos haría ningún bien para nuestra salvación el concentrarnos en nuestras palabras, aparte de concentrarnos en establecer y mantener una conexión vital con el que es “poderoso para salvar”. Sí, poderoso para salvarnos aún del poder de una lengua no santificada.
Mi oración por cada uno de nosotros es, que cooperemos tan ampliamente con la gracia divina que se pueda ver y decirse de nosotros: “Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo. Filipenses 1:27.


Concluido.

Tuesday, May 4, 2010

La Importancia de la Palabras---Parte 3

Por Tom Waters
También debemos ser cuidadosos de no exagerar las faltas de otros: “Cuando uno yerra, con frecuencia los otros se sienten con libertad para hacer aparecer el caso tan malo como sea posible. Los que son tal vez culpables de pecados tan grandes en otra dirección tratan a su hermano con severidad cruel. Los errores cometidos por ignorancia, irreflexión o debilidad, son exagerados hasta presentarse como pecados voluntarios y premeditados. Al ver a las almas extraviarse, algunos cruzan las manos y dicen: ‘Ya le dije. Sabía que no se podía fiar en ellas.’ Así adoptan la actitud de Satanás, regocijándose en espíritu de que sus malas sospechas resultaron correctas.” Joyas de los Testimonios, tomo 2, pág. 248.

Amigos, no estoy abrumado por ese fracaso, pero estoy volviéndome más consciente de mi constante necesidad de gracia, y de mi verdadera condición, si escojo seguir mi propio camino, aún cuando estoy sosteniendo una agradable conversación con un amigo. ¿Estamos dispuestos a dejar que Dios tenga control de todo lo que somos, en cada aspecto de nuestras vidas? ¿Estamos dispuestos a permitirle que nos transforme en esa área de la experiencia cristiana en lugar de encontrarnos rápidamente justificando nuestra manera de ver las cosas o excusar nuestras palabras porque “todo el mundo lo hace?” Debemos ser animados a proceder como Pablo nos exhorta: “Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo”. Filipenses 1:27. Este debe ser nuestro razonamiento y nuestra verdadera justificación por las palabras que escogemos pronunciar. Y si nuestras palabras no cumplen con este requisito del Evangelio, De todos modos, ¿deberíamos querer decirlas?


Un sábado hace algunos meses, tuve lo que creí sería el privilegio de escuchar a un pastor muy conocido hablar sobre un asunto de interés. Antes que comenzara a hablar, ofreció una hermosa oración pidiendo el poder del Espíritu Santo para que le diera palabras a fin de alcanzar los corazones de las personas. ¡Cómo me dolió cuando se paró en el podio y viendo un segundo micrófono que no estaba siendo usado, lo tomó y dijo: “¡Me pregunto para que es esto!” Después, doblándolo hacia él, dijo: “Debe ser una cañería para desaguar el exceso de agua de lluvia.” Hubo un estallido de risa y fue evidente, al menos para mi, que el espíritu de oración había cambiado. Mi corazón estaba adolorido y sentí lástima por el hombre.
Esa era una oportunidad para que el Evangelio fuera presentado, pero amigos, el tono reverente nunca fue restablecido a ese servicio. El Evangelismo, pág. 467 dice: “Las palabras irreflexivas que pronuncia, las anécdotas frívolas, las palabras dichas para hacer reír, todo esto es condenado por la Palabra de Dios y está completamente fuera de lugar en el púlpito sagrado.” Véase también Efesios 5:4. ¿Siento el deseo de criticar al hombre? No. Oré en ese momento y he orado desde entonces por él, al recordar cuán a menudo las palabras insensatas, los comentarios e historias dichas para hacer reír, solían venir a mis labios. Amigos, ¿con cuánta frecuencia hace comentarios, observaciones contagiosas, sólo para hacer reír, generalmente a costillas de otro? Apocalipsis 14:4–5 dice: “Éstos son los que siguen al Cordero por dondequiera que va . . . y en sus bocas no fue hallada mentira”. Yo quiero ser una de esas personas. ¿Qué piensa usted?
¿Estamos escogiendo—haciendo elecciones conscientes—todo el día para seguir “al Cordero por dondequiera” que vaya? Si es así, no seremos encontrados con “mentira” en nuestras bocas. La palabra “mentira” significa “engaño” o “falsedad.” Esto es decir algo que no es verdad o decir algo que lleve a alguien a una conclusión que no es verdadera, como el pez que va tras el señuelo para encontrarse con el anzuelo. ¿Deseamos que nuestras bocas sean refrenadas lo suficiente como para probar nuestras palabras? ¿Testifican ellas del Evangelio que creemos, son ellas exageraciones o hay “engaño” en nuestras bocas?

Continuará. . .

Tuesday, April 20, 2010

La Importancia de las Palabras---Parte 2




Por Tom Waters


Recientemente estaba hablando con un amigo por teléfono. Estábamos teniendo una conversación placentera, tan placentera que descuidé mi vigilancia. ¿Se ha encontrado usted alguna vez en esa situación? Él me estaba contando de un cambio y acerca de una adición simple que había hecho a su dieta, los cuales lo estaba ayudando a dormir mejor. No tengo ningún problema para dormir, de modo que mientras él me estaba contando los beneficios, este pensamiento corría por mi mente: “Probablemente eso me pondría en un estado de coma si es lo que lo está ayudando a dormir tan bien.” Suavemente, el Espíritu me sugirió que no hablara las palabras que estaba pensando, pero desafortunadamente escogí ese tiempo para echar a un lado esa impresión. Pueden ver, amigos, que no son sólo las palabras de irritación las que niegan nuestra conexión con Cristo, sino que también pueden ser las palabras o expresiones insensatas, irreflexivas y exageradas. Mente, Carácter y Personalida, tomo 2, pág. 599.
El Señor me instó a refrenar mi lengua, tratando de impresionarme para que no dijera esas palabras, pero la justificación propia me convenció de lo contrario. Es sólo algo sin importancia, razoné. El verdadero asunto no es que dije: “Probablemente eso me pondría en un estado de coma,” sino que escogí no poner a un lado mi voluntad y hacer la de mi Padre. Esto no excusa el hecho de que exageré—lo que muchas personas fracasan en reconocer como pecado—pero el enfoque debe ser: ¿Por qué tuve que exagerar, y qué poder me puede preservar de hacerlo, y estoy dispuesto a reconocerlo como pecado y a no justificar mi exageración?

The Youth's Instructor del 27 de junio de 1895 dice: “Deseche todas las tonterías y refrene sus palabras vanas. . . . La exageración es un pecado terrible. Las palabras impetuosas plantan semillas que producen una mala cosecha que a nadie querrá segar. Nuestras palabras tienen un efecto sobre nuestro carácter, pero ellas actúan aún más poderosamente sobre los caracteres de otros.”
¿Cree usted que el hecho de que yo dijera que: “Probablemente eso me pondría en un estado de coma”, era un pecado? ¡Si! Primero, porque la Palabra de Dios lo dice, y segundo, porque todavía no soy completamente de fiar como para decir lo que Dios me esta pidiendo que diga o callar cuando él me lo pide.

Wednesday, April 14, 2010

La Importancia de las Palabras----Parte 1



Por Tom Waters




En Mateo 12:37 Jesús nos dice: "Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado."
¿Cómo es que nuestras palabras pueden tener tanta importancia que Jesús dijo que seremos "justificados" o "condenados" por ellas? Es porque él sabe que el versículo 34 dice que: "De la abundancia del corazón habla la boca." Nuestras palabras y el espíritu con el cual las pronunciamos son un índice de si estamos viviendo en la carne— permitiendo que el yo domine, o estamos caminando en el Espíritu—dejando que el yo sea sometido—crucificado con Cristo. Si tomamos una decisión consciente de consagrarnos o entregarnos a Dios al comienzo de cada día, nos daremos cuenta de las admoniciones del Espíritu Santo a través de nuestra conciencia, cuando nos asalta la tentación a hablar palabras de irritación, disparates o exageraciones. Y para mí, las tentaciones vienen más de una vez al día.
Recientemente, mi hija Allison y yo estabamos poniendo una cuerda alrededor de una viga del techo. Cuando llegamos al final de la viga en la esquina entre la pared y el techo, ¡vino la tentación! Me encontraba en una posición difícil, en un escalera martillando en la esquina. El primer clavo se dobló, por lo que le dije a Allison que iba a poner otro clavo para que pudiera quitar el primero sin mover la posición de la cuerda. El segundo clavo se dobló y el tercero, y por supuesto, también el cuarto. Ahora, ¿ qué creen que quería decirle a Allison, o decirme a mi mismo, en su oído? Recuerde, hace calor allá arriba, estoy encogido en la escalera y ya he golpeado la nueva pintura de la pared con el martillo.
La tentación era aceptar la irritación y frustración como mía, dejarme llevar por las intensas atracciones de la carne, pronunciar las palabras que podrían justificarme y probar que la gracia no era suficiente para guardarme. Pero el Espíritu Santo me estaba sugiriendo una manera de escapar. 1 Corintios 10:13 dice: "Pero fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados más de lo que podéis resistir, sino que proveerá también juntamente con la tentación la vía de escape, para que podáis soportar." Me recordó que ésta era otra oportunidad de ser guardado por el poder del Evangelio —el poder que aceptamos por fe en esta clase de situaciones—y no permitir que los potentes argumentos del yo prevalezcan. Por gracia escogí aceptar la "vía de escape" y por fe, negué los clamores de la carne y permanecí conectado a Cristo quien es: "poder de Dios para salvación a todo aquel que cree". Romanos 1:16.
Ahora, en lugar de derramar palabras que hubieran podido negar a Cristo, lastimar el espíritu de mi hija y sólo hacerme sentir miserable en el yo, Dios permitió que empezara una conversación con Allison acerca del poder del Evangelio en las pequeñas pruebas y adversidades de cada día. Hablamos de cómo esas tentaciones nos dan el entrenamiento práctico que finalmente nos prepará para aferrarnos a Cristo a través del último gran conflicto que pronto va a venir sobre la tierra. ¡Qué bendito contraste con las palabras y la conversación que hubieran podido tomar lugar, si hubiera cedido a las fuertes provocaciones del yo!
Las palabras de frustración y de justificación propia no habrían traído alivio; no, sólo remordimiento, una convicción de pecado y finalmente, por la gracia de Dios, arrepentimiento hacia Dios y hacia mi hija. Esto muestra claramente la importancia de nuestras palabras, ¿no es así? También nos ayuda a ver por qué Jesús dijo: "Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado." Mateo 12:37. Antes de que nuestras palabras sean pronunciadas, tenemos, consciente o inconscientemente, a través del hábito, que tomar una decisión que demuestre, ya sea el poder del Evangelio para guardarnos, y nuestra conexión con Cristo, u otra manifestación del control de la carne sobre nosotros—nuestra naturaleza carnal.
Pero amigos, esta simple ilustración, a pesar de que representa lo que cada uno de nosotros enfrenta diariamente, muestra sólo un aspecto de la importancia de nuestras palabras, y si éstas son un indicio de nuestra conexión con la carne o con el poder del Evangelio. Muchos de nosotros, cristianos profesos, podemos parecer que somos "religiosos," vistiéndonos y alimentándonos correctamente, y aún siendo versados en la defensa de cada punto de la verdad, pero, ¿hemos aprendido a refrenar nuestras lenguas en cada aspecto de la vida diaria? Santiago 1:26 dice: "Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua . . . la religión del tal es vana". Amigos, esto simplemente significa que debemos evaluar y refrenar las palabras que hablamos y el tono en el cual las pronunciamos, para ver si representan una verdadera conexión con el Poder de lo alto que está fuera de nosotros.
Continuará . . .

Wednesday, April 7, 2010

El Hombre, Por Sí Mismo es Valorado—Parte 3


Por Helen Bond
Hasta ese tiempo, Judas no había decidido que Jesús no era el Hijo de Dios, pero había preguntado esto en su mente. Ahora empezó sutilmente a expresar sus dudas y a confundir a los discípulos. De una manera religiosa y aparentemente astuta, introdujo controversias y sentimientos engañosos y mientras los discípulos buscaban evidencias para confirmar las palabras del gran Maestro, Judas los conducía casi imperceptiblemente por otro camino, dando a las palabras de Cristo un significado que él no les había impartido.
Todas las dificultades y las cruces grandes o pequeñas, las contrariedades y aparentes estorbos para el desalentamiento del Evangelio, eran interpretados por Judas como evidencias contra su veracidad. Sin embargo, todo esto era hecho de una manera que parecía concienzuda.
No se oponía abiertamente, ni parecía poner en duda las lecciones del Salvador. No murmuró abiertamente pero en todo lo que Cristo decía a sus discípulos, había algo con lo cual Judas no estaba de acuerdo en su corazón. La práctica de las verdades que Cristo enseñaba defería de sus deseos y propósitos.
Cuando María ungió los pies del Salvador, Judas manifestó su disposicón codiciosa y cuando Jesús lo reprendió, su espíritu se transformó en hiel. Su orgullo herido y un deseo de venganza quebrantaron las barreras. Los deseos malignos, codiciosos, vengativos, los pensamientos oscuros y ásperos fueron acariciados, y Satanás obtuvo el control completo sobre él.
De esa manera, un discípulo en humildad aprende de Jesús, mientras que otro revela que él no es un hacedor de la Palabra, sino sólo un oidor. Uno, muriendo diariamente al yo y venciendo al pecado está siendo santificado a través de la verdad. El otro, resistiendo el poder transformador de la gracia y acariciando deseos egoístas, es llevado a la esclavitud de Satanás.
Juan y Judas empezaron su relación con Jesús con las mismas ventajas y desventajas. Uno llegó a ser conocido como el "discípulo amado" —el otro como el que entregó al "Hijo de Dios".
Podemos preguntarnos esto: ¿Podía Jesús haber amado a Judas tanto como amó a Juan? Es interesante notar que aunque Judas traicionó a Jesús, esto no alteró su actitud hacia él. Uno de los registros más maravillosos es el de Jesús llamando a Judas "amigo" cuando éste le dio el beso traidor.
En el pretorio cuando Judas se arrojó a los pies de Jesús, reconociéndole como el Hijo de Dios y rogándole que se salvara a sí mismo, Jesús no le hizo ningún reproche. Él sabía que Judas no se había arrepentido y que su confesión fue arrancada a su alma culpable, por un sentido espantoso de condenación y una horrenda esperanza de juicio, pero que no sentía un profundo pesar por haber traicionado al inmaculado Hijo de Dios. Sin embargo, Jesús no pronunció ninguna palabra de condenación. Aún entonces, compasivamente mostró su amor y paciencia al decir simplemtne: "Para esta hora he venido al mundo."
Fue este amor de Jesús, a pesar de lo que Judas había hecho, lo que hizo que fuera imposible para él vivir consigo mismo. Es una cosa terrible traicionar a alguien y después recibir solamente amor a cambio. De un trato tal sólo puede venir un desprecio insoportable por uno mismo. Fue este desprecio de Judas hacia sí mismo lo que lo llevó al suicidio. Sin embargo, el amor de Jesús hacia Judas no cambió. Puede estar seguro de que Jesús sintió una gran tristeza por la muerte de Judas.
No es parte de la misión de Cristo obligar a los hombres a que lo reciban. Es Satanás y los hombres que actúan guiados por su espíritu, los que buscan obligar a la conciencia. Con el pretexto de un celo por la justicia, los hombres que están undos con los ángeles malos algunas veces ocasionan sufrimiento a sus semejantes para convertirlos a sus propias ideas religiosas, pero Cristo está siempre mostrando misericordia, siempre buscando ganar al revelar su amor. Él no puede admitir ningún rival en el alma, ni acepta un servicio parcial, sólo pide un servicio voluntario, la entrega voluntaria del corazón.
Nuestro amor por el pequeño recién nacido en nuestro hogar no depende de su capacidad subdesarrollada para corresponder a nuestro amor. En vez de eso, cultivamos y atraemos su amor al demostrar nuestro deleite hacia él. Ni nunca se nos ocurrirá el tratar de forzarlo a amarnos. Su reacción aumenta gradualmente cuando él siente que lo amamos. De esa manera, la profundidad y el fervor del afecto de Juan por su Maestro no fueron la causa del amor de Cristo hacia él, sino sólo el efecto de éste; mientras que Judas nunca llegó al punto de entregarse completamente a Cristo. Él no renunciaría a su ambición mundana o a su amor por el dinero. Jesús amó a Judas más de lo necesario. No había la menor excusa para su fracaso.
Todavía, como antaño, el hombre por sí mismo es valorado.

Por treinta piezas Judas se vendió a sí mismo, no a Cristo.
"Un asunto que debería ser meditado, estudiado e investigado sinceramente es: ¿Qué debemos hacer para ser salvos? ¿Cuál debería ser nuestra conducta para que podamos presentarnos a Dios aprobados? ...¿Permaneceré sin culpa ante el trono de Dios? Sólo el que no tiene mancha podrá estar allí.
Ninguno será llevado al cielo si su corazón está lleno de la inmundicia de la tierra. Cada defecto en el carácter moral debe ser primero remediado, cada mancha removida por la sangre purificadora de Cristo y todos los rasgos feos y desagradables de carácter, debe ser vencidos." Testimonies, tomo 1, pág. 705. "Cuando Cristo aparezca, no será para corregir esos males y entonces darnos la aptitud moral para su venida. Esta preparación debe ser hecha antes de que él venga." Ibid.
"Un carácter celestial debe ser adquirido en la tierra. . .o nunca lo poseeréis; por lo tanto, debéis comprometeros de inmediato en la obra que tenéis que hacer. Debéis trabajar fervientemente para obtener una idoneidad para el cielo." Ibid., tomo 2, pág. 430.
"El apóstol Pablo escribió: ‘Porque la voluntad de Dios es vuestra santificación’. 1 Tesalonicenses 4:3. La santificación de la iglesia es el propósito de Dios en todo su trato con su pueblo. Lo escogió desde la eternidad, para que fuese santo. Dio a su Hijo para que muriese por él, a fin de que fuese santificado por medio de la obediencia a la verdad, despojándose de todas las pequeñeces del yo. Require de él una obra personal, una entrega individual." Los Hechos de los Apóstoles, págs. 446–47.
La razón por la cual muchos en esta época del mundo no progresan grandemente en la vida divina es porque interpetan la voluntad de Dios de la manera que ellos quieren. Los que obtendrán la bendición de la santificación deben aprender el signifiado de la abnegación. Las instrucciones colocadas en la Palabra de Dios no permiten transigir con el maligno. Sus hijos [de Dios] deben seguir por donde él ha marcado el camino, sacrificando cualquier conveniencia o indulgencia egoísta, a cualquier costo de trabajo o sufrimiento. Deben mantener una constante batalla con el yo. "Poned vuestra voluntad de parte de Cristo. Quered servirle, y al obrar de acuerdo con su palabra, recibiréis fuerza." El Ministerio de Curación, pág. 56.
Juan no enseñó que la salvación se obtendría mediante la obediencia, sino que la obediencia es el fruto the la fe y del amor. El Señor quiere que todos sus hijos sean felices, pacíficos y obedientes. A través de la fe, toda deficiencia de carácter puede ser suplida, toda mancha limpiada, toda falta corregida, toda excelencia desarrollada.
"Cualquiera que sea la mala práctica, la pasión dominante que haya llegado a esclavizar vuestra alma y vuestro cuerpo, por haber cedido largo tiempo a ella, Cristo puede y anhela libraros. Él infundirá vida al alma de los que ‘estabais muertos en vuestros delitos’. Efesios 2:1. Librará al cautivo que está sujeto por la debilidad, la desgracia y las cadenos del pecado." El Ministerio de Curación, pág. 56. Sus pecados pueden ser como montañas ante usted, pero si humilla su corazón y confiesa sus pecados, confiando en los méritios de un Salvador resucitado, él lo perdonará y lo limpiará de todas sus iniquidades.
Pero Dios exige de usted una absoluta conformidad a su ley, No le rehusemos aquello que, aunque no puede ser dado con mérito, sin embargo, no puede ser negado sin sufrir la ruina. Él requiere el homenaje de un corazón santificado que se ha preparado a sí mismo mediante el ejercicio de la fe que obra por amor para servirle. Él pide todo el corazón. Déselo. Le pertenece —tanto por creación como por redención. Él pide su inteligencia. Désela, es suya. Él pide su dinero. Déselo, es suyo. Ustedes no se pertenecen, son comprados por precio. Véase 1 Corintios 6:20. Desee la plenitud de la gracia de Cristo. Deje que su corazón se llene con un intenso deseo por su justicia. Porque la voluntad de Dios es su santificación. ¿Es también su deseo? ¿O se contentará solamente con una forma de santidad?
¿Es usted uno de los profesos seguidores de Cristo que no es hacedor de la Palabra, sino un oidor? ¿O se está rindiendo al poder modelador de Cristo, procurando colocarse en armonía con el Modelo Divino? ¿Está abriendo su propio corazón al poder transformador del Evangelio, muriendo diariamente al yo y venciendo el pecado, o está la práctica de la verdad en desacuerdo con sus deseos y propósitos?
¿Está usted tan seguro de sí mismo, y es tan exigente que no puede renunciar a sus ideas, su juicio, sus opiniones, para recibier sabiduría del cielo? ¿O conoce al manso y humilde Jesús por medio de un conocimiento experimental, aceptando la reprensión, confesando sus pecados y pidiendo perdón?
¿Está usted resistiendo el poder transformador de la gracia, para que el amor por un sólo pecado pese más que el amor por Cristo? ¿O aprecia grandemente las lecciones que él busca enseñarle? ¿Es sólida y firme su fe en las promesas de Jesús y su determinación de poner en práctica su Palabra? Y, ¿cree usted que cuando es guiado por su Palabra ricibirá fortaleza para vencer o está esperando algún milagro que remueva sus defects y manchas de pecado?
¿Puede Ud. hablar del amor de Jesús como lo hizo Juan porque lo conoce como un amigo personal? ¿O se siente molesto de una manera extraña si alguien le habla acerca de Dios en una forma muy personal? ¿Será posible que aunque Ud. sepa cómo debatir y predicar, sólo tenga una religión de argumentos e ideas—una religión que está sólo en su mente, mientras que su corazón está todavía cautivado por la pompa y el poder del mundo, sin haber llegado nunca al punto de una entrega completa?
Mientras hoy nos hacemos estas preguntas y examinamos nuestras propias vidas, ¿qué es lo que vemos? ¿Vemos que nuestros caracteres todavía poseen algunos de los atributos de los hijos del trueno? ¿algo de la confianza propia, la ambición y la avaricia egoísta del hijo de perdición? Reconociendo el amor de Jesús por nosotros y la transformación que mediante el poder del amor él nos ofrece, ¿cuál será la respuesta de nuestro corazón —y a dónde nos conducirá esto?
Cuando el tiempo de gracia se cierre, ¿cuál será la emoción que sentiremos en nuestros corazones —la de una condenación que nos hará clamar a las rocas y a las montañas para que caigan sobre nosotros, mientras nos damos cuenta de que también hemos traicionado su amor y que es demasiado tarde? ¿O con Juan, exclamaremos con asombro y admiración: "Mirad qué amor tan sublime nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios"? 1 Juan 3:1.


Este artículo está basado en Los Hechos de los Apóstoles, págs. 539–566 y en El Deseado de Todas las Gentes, págs. 717–718 y 193–295, porciones de las cuales han sido parafraseadas en este artículo. Todos los énfasis son de la autora.

Concluido.

Monday, March 29, 2010

El Hombre, Por Sí Mismo es Valorado—Parte 2



Por Helen Bond
Juan no resintió las amonestaciones que Jesús le dio. Empezó a examinar sus motivos en las cosas que hacía. Reconoció sus errores y aceptó la reprensión. Día tras día, en contraste con su propio espíritu violento, contempló la ternura y la condescendencia de Jesús y oyó sus lecciones de humildad y paciencia. Día tras día, su corazón fue atraído hacia Cristo —hasta que perdió de vista al yo por amor a su Maestro. Vio poder —y sin embargo, amabilidad, majestad—mansedumbre, fortaleza —paciencia, en la vida diaria del Hijo de Dios y esto llenó su corazón de tanta admiración, que rindió su temperamento resentido al poder transformador de Cristo.
Esas lecciones, estableciendo la mansedumbre, la humildad y el amor como esenciales para crecer en la gracia y en la idoneidad para su obra, le parecieron a Juan ser del más alto valor.
Atesoró cada lección y constantemente buscó ponerse en armonía con el Patrón Divino. Juan deseó ser como Jesús y bajo la influencia transformadora del amor de Cristo, llegó a ser manso y humilde. El yo fue escondido en Cristo. Por encima de todoso sus compañeros, Juan se rindió a sí mismo al poder de esa vida maravillosa.
El Salvador amó a los doce, pero Juan fue el espíritu más receptivo. Él era más joven que los otros, y con la confianza de un niño, abrió su corazón a Jesús. De ese modo, se identificó cada vez más con Cristo y a través de él, las enseñanzas espirituales más profundas del Salvador han sido comunicadas al mundo. Jesús reprendió el egoísmo de Juan, desilucionó sus ambiciones y probó su fe, pero Juan abrió su corazón a Jesús y entonces, el Maestro fue capaz de revelarle aquello que su alma anhelaba —la belleza de la santidad, el poder transformador del amor de Dios. Juan se relacionó con el Salvador a través de un conocimiento experimental. Las lecciones de su Maestro fueron grabadas en su alma. Empezó a discernir que la gloria de cristo no era la pompa mundanal y el poder que él había sido enseñado a esperar, sino la gloria como del "unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad". Juan 1:14. Mientras Juan testificaba de la gracia del Salvador, su sencillo lenguaje era elocuente con el amor que penetraba en todo su ser.
Mucho después, cuando él había sido llevado a una completa unión con Cristo a través del compañerismo del sufrimiento, Jesús reveló a Juan cuál era la condición para estar más cerca de él en su reino. "Al que venza," Cristo dijo, "le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono". Apocalipsis 3:21.
Juan entonces comprendió que el que estará más cerca de Cristo será aquel que haya bebido más profundamente de su espíritu de amor abnegado. Ese amor que "no es jactancioso, no se engríe . . .no busca su propio interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal". 1 Corintios 13:4–5 —ese fue el amor que impulsó a Juan, como el que movió a su Señor a darlo todo, a trabajar y a sacrificar —aún hasta la muerte— por la salvación de la humanidad. Jesús ama a aquellos que representan a su Padre y Juan podía hablar del amor del Padre como ningún otro de los discípulos podía hacerlo. Reveló lo que sentía en su propia alma, representando en su carácter los atributos de Dios.


Aunque Judas también había tenido acceso a la gracia divina que transforma el carácter, no pudo renunciar a sus propias ideas para recibir sabiduría del cielo. Tenía una opinión muy elevada de sus propias cualidades y consideraba a todos los otros discípulos en una forma censuradora. Ciertamente, ellos nunca nunca estarían capacitados para tener una posición directiva en ayudar a establecer el reino de Jesús. Pedro era impetuoso; Juan era un mal financista; Mateo era tan exigente en cuanto a la honradez que no se le podía confiar el hacer negocios que no eran honestos. Y con respecto a Jesús, —¿por qué tenía que enfatizar tanto lo que era desalentador? ¿Por qué predecía constantemente juicio y persecución para él y para sus discípulos?
Judas se consideraba a sí mismo como el más capacitado [de los discípulos]. En su propia estimación, él era un honor para la causa y como tal se presentaba siempre. Aunque Judas aceptó la posición de un ministro de Cristo, no se conformó al molde divino. Sintió que podía conservar su propio juicio y opiniones y cultivó un espíritu de crítica y de acusación. Tenía un fuerte amor natural por el dinero y fomentó el espíritu maligno de la avaricia hasta que ésta llegó a ser el motivo que dirigía en su vida. Trágicamente, al amor a Mamón superó su amor por Cristo.
Judas estaba ciego acerca de su propia debilidad de carácter, pero Jesús lo colocó donde podía tener una oportunidad de ver y de corregir ese problema. Al ministrar a otros, él podía haber desarrollado un carácter desinteresado. Sin embargo, mientras escuchaba diariamente las lecciones de Cristo y presenciaba su vida de abnegación, Judas satisfizo su disposición codiciosa. A menudo, cuando prestaba un pequeño servicio a Cristo, o dedicaba tiempo a propósitos religiosos, él se pagaba a sí mismo de los recursos que habían sido confiados a su cuidado.
Esos pretextos servían para excusar sus actos ante sus propios ojos, pero a la vista de Dios él era un ladrón. Al llegar a ser un esclavo de ese solo vicio, se entregó a Satanás para ser llevado a ser capaz de hacer cualquier cosa en el pecado.
La declaración repetida con frecuencia por Cristo, de que su reino no era de este mundo ofendía a Judas. A pesar de la propia enseñanza de Jesús, estaba de continuo surgiendo la idea de que Cristo reinaría en Jerusalén. En la ocasión cuando los cinco mil fueron alimentados, él [Judas] fue el primero en tomar ventaja del entusiasmo, excitado por el milago de los panes y nutriendo el plan de tomar a Cristo por la fuerza y hacerlo rey. Sus esperanzas eran grandes; su desencanto fue amargo. Cuando finalmente empezó a comprender que Cristo estaba ofreciendo bienes espirituales en lugar de terrenales, que ningún honor o posiciones altas iban a ser dadas a sus seguidores, resolvió no unirse tan íntimamente con Cristo que no pudiera apartarse.



Continuará. . .

Tuesday, March 23, 2010

El Hombre Por Sí Mismo es Valorado—Parte 1



Por Helen Bond
Helen Bond es miembro de una familia que ha sido adventista por tres generaciones, es una escritora independiente y una misionera jubilada. Escribió este artículo desde Paradise, California.
El amado Juan era el discípulo que estuvo más dispuesto a abrir su corazón a Jesús, el que más fervientemente contempló la vida diaria de Jesús y asimiló las profundas lecciones de mansedumbre y humildad que encerraban todas sus acciones. Él fue quien comprendió más ampliamente el principio de la abnegación, de completa devoción a la causa que la vida de Jesús ilustró. Él empezó temprano y continuó dominando sus tendencias naturales, buscando ser exactamente como Aquel a quien amaba.
Posiblemente, si no fuera por los escritos de Juan en los cuales el amor de Dios a través de su Hijo Jesús es tan hermosamente ilustrado, puede ser que todavía no tuviéramos una comprensión de la conexión tan íntima que puede haber entre el gran y todopoderoso Creador del universo y la pequeña criatura, el hombre, a quien él da el privilegio y honor de llamarle "Padre". Las epístolas de Juan sugieren el espíritu del amor. Parece como si él hubiera escrito con una pluma sumergida en amor. ¡Qué agradecidos estamos por la tierna descripción de ese amor que tanto neceitamos!
¿Y qué diremos acerca de la personalidad y la vida de aquel que gue capaz de dejar tras sí, para nosotros, un tributo tan grandioso? La Inspiración nos ha dado muchas evidencias que ayudan a completar nuetra historia bíblica de Juan. Sabemos que cuando Jesús escogió a los doce, para trabajar con ellos y para ser enseñados por él, él llamó a Santiago y a Juan, hijos de unpescador para que lo siguieran.
Santiago y Juan fueron llamados "hijos del trueno".
La pluma Inspirada nos dice que Juan era orgulloso, dominante,m ambicioso, impetuoso y se resentía ante la injuria. No poseía amabilidad natural de carácter. Tenía un carácter violento y estaba lleno de un deseo de venganza y de un espíritu de crítica.
Cuando recordamos que ellos deseaban obtner permiso de Jesús para hacer que descendiera fuego del cielo para destruir a los samaritanos, los cuales, ellos pensaban que habían insultado a su Maestro, podemos ver muy bien que el término "hijos del trueno" armonizaba con Santiago y Juan.
Si usted y yo hubiéramos estado allí para presenciar cuando Jesús escogió a los doce, sabiendo el alcance de los resultados que dependían de su elección, me pregunto qué hubiéramos pensado—y dicho. Posiblemente, uno de los errores más grandes que podemos cometer como seres humanos, es en el área de juzgar el carácter. Podemos juzgar solamente por la apariencia exteriro —por lo que vemos, oímos y sentimos. Pero no importa cuántas conclusiones psicológicamente correctas pensemos que podemos sacar de estas señales exteriores, no podemos leer el corazón como Jesús lo hace. No puede siempre ser el que está alto en nuestra estimación, un candidato para el cielo que probará que posee estos atributos en el último análisis.
Podíamos habernos sentido desanimoados por el futuro de la iglesia cuando miramos a Juan, Pedro, al incrédulo Tomás y algunos de los otros. ¿Y me pregunto si el joven alto y agradable que llevaba la bolsa de dinero no podía habernos impresionado un poquito mejor? ¡Ahora había un discípulo con una apariencia impresionante! No tomó mucho tiempo evaluar supersonalidad y observar the tenía un discernimiento profundo y una habilidad ejecutifa. Se advertía en su propia apariencia llena de confianza propia y en el modo en que los otros discípulos lo respetaban.
Se nos dice que Juan y Judas personifican a los que profesan ser seguidores de Cristo; que representan las dos clases que componen al profeso pueblo de Dios. Uno era la demostración de la verdadera santificación; el otro poseía sólo una forma de piedad. Así que hoy en día, cada uno de nosotros está enla categoría de ya sea de Juan o de Judas.
Posiblemente, usted está pensando que no es justo comparar con Judas a alguien que está tratando sinceramente de ser un cristiano. Pero esa es una mala interpretación, en la cual puede haber grandes peligros. Permítanos considerar muy seriamente cuáales fueron las diferencias en las experiencias de estos dos hombres. ¿Por qué uno llegó a estar verdadermente santificado mientras que el otro nunca progresó más allá de una forma de piedad? ¿Cuál es la instrucción y auyda que se nos ha dado para que podamos seguir a Jesús como lo hizo el amado Juan? ¿Y cuáles son las señales de advertencia que nos ayudarán a evitar que imitemos el terrible fracaso de Judas, el traidor?
Si podemos comprender y ayudar a otros a entender esta diferencia en la experiencia religiosa de estos dos hombres que fueron escogidos por Cristo, podemos tener las respuestas para estas importantes preguntas que hos conciernen tan urgentemente ahora, en la terminación de la tarea— ¿Cómo puedo asegurar la vida eterna? ¿Cómo puedo estar seguro de que Satanás no evitará que yo obtenga la santificación?
Ambos discípulos tuvieron la misma oportunidad de estudiar y de seguir el Patrón Divino. Ambos estuvieron íntimamente asociados con Jesús y tuvieron el privilegio de escuchar su enseñanza. Cada uno tenía graves defectos de carácter y tuvo acceso a la gracia divina que transforma el carácter.
Judas ciertamente amó al gran Maestro y deseaba estar con él. Sintió un verdadero deseo de que su vida y carácter fueran transformados y esperaba tal como usdted y yo, experimentar ese cambio a través de su conexión con Jesús. Cuando él fue solicitando un lugar entre los doce, Jesús vio que Judas realmente tenía rasgos de carácter preciosos que podían ser una bendición para la iglesia.
Él no era insensible a la belleza del carácter de cristo y a menudo cuando escuchó las palabras del Salvador, la convicción vino a su corazón. Jesús confió en ese hombre para que hiciera la obra de un evangelista. Le dio poder para sanar al enfermo y para sacar demonios, Judas creía que Jesús era el Mesías y su corazón experimentó una viva emoción, junto con los corazones de los otros discípulos, cuando él trajo al enfermo, al cielo y al cojo a Jesús para su curación. También sintió la satisfacción que siempre viene del servicio a Dios.
Jesús leyó el corazón de Judas. Al conectar a ese hombre consigo mismo, lo colocó, como hizo con el resto de los doce, donde día a día pudiera estar en contacto con el raudal de abnegación que salía de su propio corazón. Si él hubiera abierto su corazón a Cristo, la gracia divina hubera desterrado al demonio del egoísmo, y aún Judas, hubiera llegado a ser un súbdito del reino de Dios y uno de los principales discípulos.
Tanto Juan como Judas codiciaban la posición de ser el que más cerca estuviera de Jesás cuando él ascendiera a su reino. Ambos sostenían ideas equivocadas acerca de su reino [de Cristo], y de su propira relación co éste. Pero bajo de todo el trueno de Juan, Jesús, quien escudriñaba el corazón, percibió una personalidad amorosa y cálida. Juan adhirió a Cristo como la vid se aferra a un majestuoso pilar. Él correspondió al amor de Jesús con toda la fuerza de una ferviente devoción. Fue su amor por Cristo lo que siempre lo llevó a buscar estar a su lado.
Algunas de las lecciones más importantes que Jesús encontró necesarias enseñar a Juan, le fueron dadas debido a su orgullo y ambición de ser grande. Jesús conocía los motivos de su corazón y lo reprendió. De esa manera, Juan aprendió que el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y que si uno quiere ser el primero en el reino, debe en esta tierra seguir a jesús llegando a ser el más humilde en el servicio. Él descubrió que en el reino de Dios, la posición no se gana por favoritismo ni es recibida a través de una concesión arbitraria. Es simplemente un resultado del carácter. La cruz y el trono son pruebas de una condición que se ha alcanzado, muestras de la conquista del yo a través de la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Éstas no eran otorgadas por Jesús, sino por su Padre.
Continuará . . .